Ideas · 20 de noviembre de 2025 · actualizado el 28 de septiembre de 2026

Fe, pertenencia y el vacío contemporáneo: qué buscamos realmente cuando buscamos sostén

Vengo de un país donde la fe forma parte del paisaje. En Venezuela se le pide a la Virgen para el examen y a nadie le parece raro que una reunión de trabajo termine con un “si Dios quiere”. Cuando llegué a España me encontré con lo contrario: una sociedad donde la fe se esconde, se disimula o se traslada a otros sitios. Y lo que llevo meses viendo entre las noticias que reviso cada mañana para Al Día es que está volviendo. Con otras formas y otros nombres, pero volviendo.

Hablo de fe en sentido amplio: en alguien, en un sistema, en un relato que ordene la vida y calme el ruido. Cuando miro el fenómeno de cerca, lo que veo por debajo es una búsqueda de sostén. También un cambio en el eje de la confianza: las instituciones pierden peso y las personas ganan terreno. Y cuando se cae la estructura que te sostenía, el cuerpo busca otra.

La fe es un mecanismo de supervivencia

Confundimos fe con creencia religiosa, y son cosas distintas. La fe aparece cada vez que una persona necesita sentido en medio del caos. Es un intento de ordenar lo que no controlas. Hoy ese mecanismo se ha desplazado a otros objetos: las rutinas de bienestar, los gurús del propósito, los líderes de comunidades digitales, los sistemas de productividad, los algoritmos. Nada de eso es religión, pero cumple la misma función. Da marco y da orden interno. Lo que me pregunto es qué pasa por debajo para que necesitemos tantos soportes.

El peso de tener que hacerlo todo tú sola

Vivimos en sociedades que glorifican la autonomía. “Tú puedes con todo”. “Sé tu mejor versión”. Suena bonito hasta que ves la cara B: si todo depende de ti, todo es culpa tuya. Y ese peso abre un hueco que no sabemos llenar.

El hueco es silencioso, pero está en todas partes: en la soledad que cada vez se reporta más y en el burnout colectivo. Aparece cuando la comunidad deja de ser algo dado y los vínculos que tienes no alcanzan para sostenerte. Por eso, aunque digamos que nos alejamos de lo religioso, nos acercamos a nuevas formas de fe. La función es la misma: sentir que no estás sola en el mundo.

Señales que llevo tiempo viendo

Me gusta fijarme en señales pequeñas que anticipan cambios grandes.

El bienestar dejó de ser una práctica y se convirtió en una industria, y mucha gente compra ahí lo que antes le daba una comunidad: guía y un relato que ordene la vida. En un contexto de desconfianza institucional, la gente busca referentes de carne y hueso: creadores, emprendedores, divulgadores, líderes de comunidades digitales. Han crecido las tribus que te confirman quién eres: clubs de running, fandoms, comunidades de nicho de cualquier cosa. Y en países muy seculares empieza a ser normal que figuras públicas hablen sin pudor de espiritualidad. Hace cinco años eso era raro. Y todas apuntan a lo mismo: buscar un sostén colectivo cuando la vida va demasiado rápido.

De instituciones a personas

Para mí está claro: la confianza se ha mudado de las instituciones a las personas y a las comunidades pequeñas.

Hoy un experto vale por la historia que cuenta y por cómo mira el mundo, y ya no solo por el cargo. En mis talleres lo veo cada vez más: nadie confía en un logo. Confían en una persona que les habla, que responde, que se equivoca y que acompaña sin juzgar.

Ese movimiento me parece precioso y me parece delicado a la vez. Si pones tu fe en una persona, esperas que esa persona no cambie y no falle. Y ahí vuelve a aparecer el vacío, porque somos humanos y no estructuras.

Lo que aprendí en Goiko sin hablar nunca de fe

En los años que llevé el marketing de Goiko vi esto muy claro. La gente no entraba por una hamburguesa. Entraba porque se sentía parte de algo, por el ritual y por la historia. Hoy pasa lo mismo con cualquier marca que construye comunidad de verdad: lo que ofrece es pertenencia. Y pertenecer, para un ser humano, es una necesidad biológica, por mucho que lo vendamos como algo aspiracional.

Lo que cambió en mí al cambiar de país

Cuando emigré perdí de golpe los códigos que me sostenían. Mis rituales y mi gente. Y en ese vacío apareció algo muy humano: la necesidad de volver a sentirme parte. Ahí entendí que no perteneces solo a tu cultura o a tu idioma. Perteneces a lo que te hace sentir acompañada.

España me enseñó a construir ese sostén sin estructura religiosa, en el trabajo y en los vínculos que vas tejiendo cuando estás lejos. Y me hizo mirar la fe desde otro ángulo, como el deseo profundo de no caminar sola. Por eso, cuando veo a más gente buscar sostén en lugares inesperados, no me parece raro. Es la misma raíz.

Qué hacemos con esto

No tengo respuestas absolutas. Tengo una pregunta que me hago a menudo y que te dejo: ¿en qué o en quién estás depositando tu sentido hoy?

No escribo esto para decirte dónde buscar ni qué creer. Lo escribo porque entender lo que nos mueve da claridad. Y si algo sé después de años estudiando comunidades y comportamiento humano, es que la pertenencia siempre encuentra una forma de expresarse. Mejor que sea una que hayas elegido tú.

Si quieres ver cómo se construye pertenencia en una marca, en el caso Goiko lo cuento con detalle. Y en sobre mí está la parte de la historia que empieza en Caracas.

Escrito por Daniela Goicoechea. Si te ha hecho pensar, en Al Día hay más de esto cada mañana, y en conferencias lo cuento en directo.