Ideas · 18 de noviembre de 2025 · actualizado el 28 de septiembre de 2026

¿Será la IA el futuro de la confianza?

Hace unas semanas una amiga me contó, medio en broma, que antes de llevar a su hija al pediatra le había preguntado a ChatGPT. Y que la respuesta le pareció más clara y más tranquila que la de su médico de siempre. Su caso ya no es raro: según Pew Research, el 34 % de los adultos en Estados Unidos ha usado ChatGPT, el doble que en 2023. Lo que me llama la atención es otra cosa. Gente que no confía en su médico, ni en su banco, ni en su jefe, confía en una máquina.

La pregunta ya no es si usamos IA. La pregunta es en qué partes de la vida la estamos dejando entrar sin darnos cuenta.

Nunca hubo tanta información y tan poca confianza

La confianza en las instituciones lleva años cayendo. El Barómetro de Confianza de Edelman lo mide desde hace más de dos décadas, y la tendencia en gobiernos, medios, empresas y sanidad no cambia. La gente cree menos en todo. Pero hay algo en lo que confía más: la tecnología.

Tiene su lógica. La IA responde rápido y no juzga. Y no te cuenta sus problemas mientras intentas contarle los tuyos. Cuando el sistema humano está saturado, con médicos sin tiempo y profesores agotados, la IA aparece como una alternativa neutra. Esa neutralidad es un espejismo, porque los modelos aprenden de nosotros, con nuestros sesgos y nuestros huecos. Pero es un espejismo muy cómodo.

Hay un estudio de JAMA Internal Medicine que me sigue rondando. Compararon respuestas de médicos y de un chatbot a preguntas reales de pacientes, y un panel que no sabía quién había escrito cada una prefirió las del chatbot en casi ocho de cada diez casos. Y las puntuó como más empáticas. La máquina que no siente nada ganó en empatía a personas que sí sienten, pero que no tienen tiempo.

Delegamos criterio, ya no solo tareas

Las razones son más psicológicas que tecnológicas. La IA siempre contesta; un médico no, un jefe no. No sentimos que nos juzgue, así que la conversación es segura. Tiene tiempo ilimitado. Y confundimos velocidad con autoridad: si responde rápido, parece que sabe. El sesgo de automatización hace el resto. Si viene de una máquina, asumimos que debe estar bien.

A esto súmale que los expertos están agotados y que los sistemas que antes daban seguridad hoy están burocratizados o directamente colapsados. El espacio emocional que dejan vacío lo ocupa la tecnología.

Señales que ya están aquí

Millones de personas consultan síntomas antes de pedir cita. Hay padres que usan apps para decidir rutinas de sueño y hasta para interpretar llantos, y pocos lo admiten en voz alta. Hay equipos que le preguntan al modelo antes que a su jefe directo, porque el modelo no se enfada. Y hay una madre en Estados Unidos que, después de años de consultas sin diagnóstico para su hijo, encontró la pista en ChatGPT. Esa historia se contó como un milagro. A mí me parece, sobre todo, un síntoma de un sistema que no le dio espacio.

Dónde está el riesgo

Que usemos IA no me preocupa. Que dejemos de pensar, sí.

Estos meses trabajando con equipos grandes he aprendido algo: la IA amplifica lo que ya tienes. Si tienes claridad, te hace más clara. Si tienes dudas, te las maquilla. Y no tiene contexto vital: no sabe qué te duele ni qué no estás dispuesta a sacrificar. Ahí está el límite.

La confianza ciega crea una trampa. Cuanto menos criterio usamos, más dependientes nos volvemos, y cuanto más dependientes somos, menos capaces de cuestionar la respuesta.

Mudarse dos veces pasa factura

Primero pasamos de confiar en instituciones a confiar en personas. Ahora estamos pasando de confiar en personas a confiar en máquinas. ¿Qué pasa cuando la confianza se va de tu gente y se instala en sistemas a los que nadie les ha pedido que cuiden de ti?

La confianza que delegas nunca vuelve igual. Cambia tus decisiones y tus relaciones, y si no la cuidas, te deja sin la capacidad de leer la realidad con tus propios ojos.

Cuatro reglas que uso

Las aplico conmigo, con mi equipo y con las empresas con las que trabajo.

  1. Decides tú. Valida con la IA lo que quieras, pero el volante no se entrega.
  2. Escribe qué decisiones no vas a delegar jamás. Las que tocan tus valores, tu dinero, tu salud y tus relaciones.
  3. Pregunta siempre qué información no está viendo la IA. Esa pregunta abre claridad al instante.
  4. Haz pausas. La IA va rápido. Tú no tienes por qué.

Lo que quiero proteger

No creo que la IA sea el enemigo. Tampoco creo que pueda ocupar los espacios que son nuestros, como el cuidado o el vínculo. Estamos empezando a confiar en algo que no vive y que no pierde el sueño por nosotros. Así que me quedo con otra pregunta: qué partes de nuestra humanidad queremos proteger mientras llegamos a ese futuro.

Un abrazo,

Dani

En la página de IA cuento cómo la uso yo cada día sin soltar el volante, y en Al Día sigo estas señales cada mañana.

Escrito por Daniela Goicoechea. Si te ha hecho pensar, en Al Día hay más de esto cada mañana, y en conferencias lo cuento en directo.